La publicación en la Gaceta Oficial de un nuevo paquete de normas contables y beneficios fiscales para operaciones en divisas no marca un avance estructural. Marca, más bien, otra señal de agotamiento de un sistema que se ve obligado a parchar una y otra vez un mercado cambiario que nunca logra estabilizarse.
Las resoluciones emitidas por el Ministerio de Finanzas y Precios buscan “homogeneidad” y “transparencia” en el registro contable de las transacciones en moneda extranjera, al tiempo que ofrecen exenciones temporales de impuestos a las entidades que se sumen al mercado. El mensaje implícito es claro: sin incentivos artificiales, nadie entra.
Que el Estado tenga que excluir ingresos del Impuesto sobre Utilidades durante el primer año para atraer participación revela un problema de fondo: el mercado no resulta rentable, confiable ni sostenible por sí mismo. No es una reforma estructural, es un estímulo de emergencia.
El patrón no es nuevo. Ya ocurrió con la llamada tasa flotante, presentada como mecanismo de equilibrio y que terminó convertida en una referencia irrelevante frente al mercado informal. O con las tiendas en MLC, concebidas como solución temporal y hoy incapaces de frenar la dolarización real de la economía.
Cada medida llega acompañada de palabras repetidas —“ordenamiento”, “reordenamiento”, “consolidación”— pero el resultado es siempre el mismo: más distorsión, más fragmentación y más dependencia de parches fiscales.
La retroactividad de las normas, además, introduce un elemento inquietante: reglas que cambian después de que las operaciones ya ocurrieron, un rasgo que erosiona cualquier confianza contable o financiera.
Lejos de fortalecer el sistema, estas disposiciones confirman la asfixia de un modelo que ya no genera divisas, no controla el mercado y depende de incentivos excepcionales para evitar su propio colapso.
Una lectura editorial de News 360.
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