Lo ocurrido en Camagüey con el supuesto “acto de repudio” organizado contra Mike Hammer no fue una demostración de fuerza. Fue una puesta en escena mal ejecutada que terminó dejando al descubierto el desgaste del aparato represivo y su incapacidad para controlar el relato.

Lejos de una movilización espontánea, lo que se vio fue coreografía política: consignas recicladas, rostros forzados y presencia evidente de operadores. El objetivo era claro: intimidar, provocar y fabricar una imagen. El resultado fue el contrario. La escena transmitió debilidad, no control.
Estos montajes ya no conectan con la realidad social. En un país marcado por apagones prolongados, escasez y cansancio acumulado, el régimen insiste en teatro ideológico para tapar la crisis. Pero el libreto es viejo y el público, cada vez menor. Cuando hay que “preparar” el repudio, el mensaje real es que el miedo cambió de bando.
Camagüey dejó otra señal: la coerción ya no moviliza como antes. El intento de escarnio no logró cohesionar ni imponer narrativa; solo reforzó la percepción de un poder que reacciona, no que conduce.
El problema no fue el invitado. El problema es el método. Y ese método, hoy, hace más ruido que efecto.
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Redacción News 360
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