En los últimos días, el mercado informal de divisas en Cuba ha retomado una tendencia claramente alcista, una señal que va más allá de la especulación monetaria y que golpea de forma directa la vida cotidiana de millones de personas.
Cuando las monedas extranjeras se encarecen en el circuito informal —el único realmente operativo para la mayoría— el efecto es inmediato: todo cuesta más. Desde los alimentos hasta los productos básicos, pasando por el transporte, los servicios y cualquier bien con componente importado. El salario en pesos pierde valor real sin necesidad de anuncios oficiales ni reformas visibles.
Este comportamiento del mercado refleja una combinación de factores bien conocidos: escasez persistente, desconfianza en las soluciones monetarias anunciadas y una economía cada vez más desconectada de la capacidad productiva interna. A eso se suma un elemento clave del escenario regional: el deterioro de las relaciones y flujos económicos entre Cuba y Venezuela, históricamente una fuente de respaldo energético y financiero.
La reducción de apoyos externos, la inestabilidad en el suministro de combustible y la incapacidad de generar divisas propias crean un caldo de cultivo donde la moneda extranjera se convierte en refugio y el peso cubano continúa perdiendo terreno. Lo que se avizora no es un ajuste pasajero, sino más presión sobre los precios, mayor desigualdad y un empobrecimiento silencioso pero constante.
Mientras no exista una recuperación real de la producción, acceso estable a divisas y confianza en las reglas del juego económico, el mercado informal seguirá dictando el pulso. Y ese pulso, hoy, va claramente en contra del bolsillo del cubano.
Una lectura contextual de News 360.
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