La escena fue previsible, pero no por eso menos grave. Rostros serios, libretas abiertas, gestos de atención cuidadosamente ensayados. Y, después, el acto central: no preguntar nada que incomode.

La comparecencia de Miguel Díaz-Canel Bermúdez en la televisión nacional no solo dejó al descubierto la magnitud de la crisis que atraviesa el país. También expuso, una vez más, la función decorativa que ha asumido buena parte del periodismo oficial, reducido a acompañante del poder y no a su contraparte crítica.
Las preguntas parecían escritas de antemano. Largas, irrelevantes, diseñadas para reforzar el discurso, no para examinarlo. Nadie preguntó por responsabilidades, nadie cuestionó decisiones, nadie trasladó al escenario público las dudas y reclamos que millones de cubanos formulan a diario desde la oscuridad de sus hogares.
Cuando se habló de sacrificios, nadie preguntó quién los impone.
Cuando se evocó el Período Especial, nadie cuestionó por qué la situación actual es objetivamente peor.
Cuando se reconoció que no hay solución inmediata, nadie pidió cuentas por décadas de políticas fallidas.
Ese silencio no puede confundirse con prudencia.
No es profesionalismo. Es obediencia.
El periodismo que se limita a escuchar, asentir y transcribir no informa, legitima. Y cuando la prensa renuncia a encarar al poder, se convierte en cómplice por omisión. No hace falta aplaudir ni elogiar. Basta con callar para formar parte del montaje.
Todo fue correcto.
Todo fue ordenado.
Todo fue sumiso.
Y precisamente por eso, todo fue una puesta en escena más, donde el poder habló sin resistencia y el periodismo aceptó su papel de espectador obediente.
Cuando nadie pregunta lo que duele,
el silencio también acusa.
Redacción News 360